martes, 7 de agosto de 2018

Sin arrepentimientos

Sabía que ese momento llegaría, había estado preparándose para yacer tranquilamente como si no le importara, rodeado de amigos, familia y uno que otro curioso, todos esperando que la vida abandonara sus ojos. Claro que no había estado en paz con la idea de morir al principio, al menos no como ahora, él también había pasado por todas las etapas de su propio duelo. Lo había negado, se había enojado, lo negoció, se deprimió, no obstante, finalmente lo aceptó. Aunque para llegar a este último paso hubo un problema en específico: no quería morir así, siendo el hombre promedio, con un salario promedio, en un estado promedio, que vivió una vida cotidiana y, por si fuera poco, su muerte no sería extraordinaria tampoco.
“¿Así es como termina todo?”, se preguntó hace meses mientras le quitaba la etiqueta a su botella de cerveza en su bar de siempre. Miró a su alrededor intentando buscar algo diferente, y acongojado se dio cuenta que no lo había. El cantinero de cada día contaba sus viejos chistes sin gracia, los mismos hombres de traje se sentaban a un lado quejándose de los mismos problemas del trabajo y los mismos ebrios jugaban a lanzar dardos aun sabiendo que estaban demasiado tomados para siquiera darle a la diana. Él tenía menos de un año de vida, pero el sujeto de junto no estaba feliz porque la chica de las fotocopias lo había rechazado otra vez, y fue ahí cuando se dio cuenta, el mundo no iba a cambiar, no tenía porque, si quería que algo espontáneo llegara y lo sorprendiera en el tiempo que le quedaba, él tendría que ocasionarlo. Ni siquiera dejó que la idea se cocinara en su cabeza, se levantó de golpe, le lanzó el dinero al cantinero y salió corriendo del bar al momento que un millón de ideas golpeaban su mente al mismo tiempo.
“Mañana a primera hora iré a la oficina y renunciaré.” “¿Y por qué esperar? Solo márcale a tu jefe y mándalo al diablo como haz querido desde el primer día.” “¿Debería despedirme de Jason? ¿O al menos de Pam?” “¿Qué va a pasar con todas mis cosas?” “¿Y mi familia?” “¿Estoy tomando la decisión correcta?” “Para.”
Intentó callar todos esos pensamientos y dudas, sabía lo que estaba haciendo, estaba sobre analizando todo otra vez, este aspecto suyo lo había detenido de hacer las cosas que quería toda su vida, no dejaría que esto pasara de nuevo, de todas maneras, ¿tenía algo más que perder?
Antes de que pudiera arrepentirse, paró un taxi y se dirigió al aeropuerto. Como suele pasar, el hombre que manejaba el taxi empezó una conversación. En un día normal, él lo hubiera cortado al instante, sin embargo este día era diferente. 
-Entonces ¿al aeropuerto? ¿Un viaje importante?
-Ya lo creo, importante, el más importante- contestó mientras reía.
-¿Un lugar específico?
-No realmente.
-¿Y sin equipaje?- pensó en las mundanas cosas de su pequeño maletín, un paquete de cigarros y unas barras de chocolate.
-No realmente.
-¿Sabe cuánto tiempo estará fuera?
-No realmente.
-¿Alguna clase de plan?
-No realmente.- Esto bastó para callar al conductor, aunque él notaba que lo miraba con curiosidad.
-Hemos llegado- no esperó a que le dijera cuánto había sido, simplemente le tendió unos billetes -Joven, esto es más de lo que debe, mucho más.
-Considérelo un regalo- guiñó el ojo y cuando estaba a punto de bajarse del automóvil, el conductor preguntó:
-Disculpe, ¿cuál es su nombre?
-Odiseo.
Nunca le había gustado su nombre, cuando era niño pensaba que sonaba tonto y raro, luego fue creciendo y aprendiendo varias cosas, entre ellas quién fue Odiseo y qué fue lo que lo hizo tan famoso, fue entonces cuando en serio empezó a odiar su nombre, ¿cómo era posible que alguien tan significante y él compartieran nombre? No podía quitarse la idea de que era un chiste cruel del universo, Odiseo #1 viaja a tierras desconocidas, asesina monstruos y sobrevive a la ira de lo dioses, entretanto, Odiseo #2 se divide la renta con su hermano mayor, Jason, ha trabajado en el mismo lugar que odia por 10 años y no puede pasar una semana sin que tenga una gran pelea con su novia Pamela.
“Hora de darle la vuelta a las cosas”.
Caminó a la pantalla donde se mostraban los vuelos y la escaneó buscando el mejor lugar para dejarlo todo atrás, cuando lo encontró sonrió y avanzó hacia el escritorio.
-Un boleto a Ámsterdam, por favor.-  No tenía suficiente efectivo, así que le tendió la tarjeta de  crédito que hace mucho sus padres le habían dado, esperaba nunca estar tan desesperado como para usarla, pero, ¿qué mejor motivación que el recordatorio latente de tu mortalidad?
Después de un rato, Odiseo por fin pudo sentarse en su asiento de primera clase (si iba a gastarse todo lo que tenía iba a hacerlo con estilo), cerró los ojos y dejó que su mente divagara. Era una linda sensación, dejar que su mente se liberara de cualquier responsabilidad.
“Esto es lo correcto, esto es lo que tengo que hacer.”
Recordó todas las veces que no hizo algo y luego pensó: “Debí hacerlo…”
Tomar un curso en el extranjero. Debí hacerlo…
Ir a ese concierto de rock. Debí hacerlo…
Tomar ese trabajo de arquitecto. Debí hacerlo…
Acercarme a esa chica sentada sola en el bar. Debí hacerlo…
Tirarle el café en la cara a la maldita de Zoe. Debí hacerlo…no me hubiera servido de nada pero se hubiera sentido tan bien.
Y fue ahí, en el asiento de avión, sentado junto a un señor que olía bastante a cierta hierba popular en Ámsterdam, que se hizo una promesa a sí mismo. No más arrepentimientos. No más “debí hacerlo”, en cuanto pusiera un pie en Ámsterdam sería un hombre nuevo, no alguien que piensa meticulosamente cada uno de sus movimientos, sino alguien que sabe lo que quiere y cumple con sus caprichos, de todos modos, ¿tenía algo más que perder?
“¿Y por qué esperar hasta Ámsterdam?”
Se volteó para ver a la mujer que se sentaba detrás de él, la miró a los ojos, sonrió y dijo:
-Maldita sea, ¿tu bebé se tragó una alarma de incendios? Haz que se calle por el amor de Dios.- Volvió a su posición original y escuchó unas risitas disimuladas.
Buscó la fuente de ese sonido y vio a una chica que trataba desesperadamente de cesar sus carcajadas. ¿Él era el responsable de que esa chica se estuviera carcajeando? No tenía idea de que pudiera ser gracioso. Sonrió orgulloso de sí mismo mientras se preguntaba qué otras sorpresas le traería ese nuevo Odiseo.

El piloto empezó a dar las indicaciones cotidianas, y mientras Odiseo escuchaba atentamente recordó algo importante, más que importante, esencial.
-Mierda, le tengo miedo a las alturas- se susurró a sí mismo.
-¿Qué?- preguntó su compañero de asiento, que al parecer lo había oído, pero eso carecía de importancia, lo que en serio le preocupaba era que su muerte se había movido de “en unos meses” a “en unos segundos”.
El avión comenzó a moverse y Odiseo no pudo contenerse.
-¡Bájenme de esta maldita cosa! ¡Paren, paren! ¿¡Quién fue el imbécil que pensó que volar sería divertido!?- gritó desesperado, al instante. Las azafatas corrieron e intentaron hacerlo entrar en razón.
-Señor, por favor, cálmese.
-¡No, no me digas que hacer! ¡No cuando estoy a punto de…- se interrumpió al sentir que el avión despegaba.
Se zafó del agarre de las azafatas, volvió a su asiento y cerró los ojos esperando un gran choque o algo parecido, pero el choque nunca llegó. Poco a poco fue abriendo los ojos, cuando vio que todos los presentes no habían sido víctimas de una horrible muerte, se volteó hacia la ventanilla y quedó maravillado. El cielo se veía de un azul más vivo que nunca, la ciudad parecía una pequeña maqueta y por fin entendía esa tontería que decían los niños sobre lo genial que sería poder vivir en las nubes, se veían suaves, cómodas y solo un poco comestibles. Rio nerviosamente y se giró para comprobar si los otros pasajeros estaban tan encantados como él, pero las miradas no estaban en el paisaje, todos los ojos se posaban en Eliseo. Se aclaró la garganta  e inició su disculpa
-Oh, lo siento, primera vez volando- nadie dijo nada, se limitaban a verlo fijamente-Bueno, tengan un lindo vuelo- se acomodó en su asiento y los demás volvieron a lo que hacían antes de ser interrumpidos por el escándalo.
-¿Qué clase de mentecato miedoso hace ese ridículo?- dijo el pasajero junto a él.
-¿Qué clase de hippie apestoso va a un aeropuerto cubierto de pies a cabeza con un olor a marihuana?- respondió.
Supuso que por las siguientes siete horas no se haría amigo de su oloroso compañero, pero eso no le molestaba, pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana con la mirada iluminada, sólo  quitaba la vista del cielo para observar ocasionalmente a la chica de las carcajadas. Durante su espectáculo no se veía tan impactada como todos los demás, más bien tenía una expresión entretenida y curiosa, claro que eso no quitaba el hecho de que probablemente pensara que era un demente, un demente que la divertía sí, pero un demente a fin de cuentas.
Cuando el vuelo finalmente terminó, Odiseo bajó casi corriendo del avión, estar encerrado y rodeado de gente por casi ocho horas no había sido muy grato. Salió del aeropuerto e inhaló profundamente, el aire de Ámsterdam se sentía muy diferente al de México, era fresco y más ligero.
“Bueno, ¿ahora qué?”.
Tenía muchas cosas que hacer: encontrar un lugar donde dormir, aprender holandés, tomar una ducha, conseguir ropa, buscar comida y en serio necesitaba tomar una ducha. Había demasiado que tenía que hacer, así que optó por hacer lo que quería, y realmente quería una cerveza. Pasó un rato, pero finalmente se topó con un español que hablaba su idioma y lo dirigió a un bar. Cuando llegó se sintió algo nervioso, había viajado a Ámsterdam porque quería descontrolarse y hacer locuras, el problema era que todas las personas iban a esa ciudad por lo mismo, se preguntó qué clase de gente se encontraría detrás de esas puertas. Después de un rato decidió que no iba a quedarse toda la tarde parado frente la entrada, se armó de valor y lentamente abrió la puerta. Lo que vio fue tan inocente que no pudo contener la risa. No sabía exactamente qué esperaba ver, tal vez dos hombres grandes y tatuados en una gran pelea, o quizá un montón de gente gritando y tirando alcohol por todas partes, pero el bar estaba vacío excepto por el cantinero y cuatro adolescentes que claramente se habían saltado clases para estar ahí. Se volvió para checar la hora en el reloj y se sorprendió al darse cuenta de que eran las once de la mañana. Bueno, eso explicaba la mirada desconcertada que le dio el español cuando le pidió la dirección al bar más cercano. Se acercó a la barra y ordenó una cerveza, desde hace tiempo se había preguntado por qué la cerveza holandesa era tan famosa, dentro de unas horas, cuando se despertara en el suelo con este siendo su último recuerdo, tendría la respuesta.
Poco a poco fue recobrando la conciencia, paulatinamente sus sentidos fueron despertando, le dolía la cabeza, la luz le molestaba, tenía un sabor desagradable en la boca, oía la voz del cantinero más otras tres desconocidas, podía sentir el duro y frío suelo en su espalda y algo que le picaba el estómago. Abrió los ojos con dificultad y pudo enfocar cuatro caras que lo miraban preocupadamente.
-¡Está parpadeando!- gritó el hombre alto con el piercing en la nariz, lo que causó que Odiseo sintiera un terremoto en la cabeza y se llevara la mano a la frente.
-¡Oh, gracias al cielo estás vivo!- exclamó el cantinero.
-¡Ja! Casi no la libras, Matheu- dijo un tercero con un gorro de koala y un palo de escoba en la mano.
-¿Estás bien?- preguntó un hombre hincado a su lado.
-SÍ. No. ¿Cuál era la pregunta?- su escasa respuesta causó la risa del tipo con el palo en la mano.
-¡Genial, Eli está de vuelta! ¿Otra ronda, vriend?
-Tranquilo, Klaas, creo que cuando te quedas dormido a mitad de una canción es hora de parar- el chico alto intentó calmar al chico koala.
-¡Pero justo ahora se estaba poniendo bueno! ¿No es cierto, Odi?- Odiseo no pudo más con la confusión.
-¿Quién eres?
-Vaya, entonces este es el modo en el que son las cosas contigo. Un minuto somos como almas fiesteras gemelas y al otro no recuerdas mi nombre- sus palabras lo confundieron aún más.
Los otros debieron notar lo desconcertado que estaba, pues le ofrecieron una silla, un vaso de agua y le explicaron los sucesos que él había olvidado. Al parecer todo había empezado con una cerveza, una cerveza que lo llevó a otras cinco, resulta que su popularidad venía de lo fácil que era embriagarse con éstas. Mientras más tomaba más exaltado se ponía, incluso le compró unas botellas a los adolescentes de más temprano. El chico koala, cuyo nombre era Klaas, notó cierto alboroto en su bar de siempre, lo cual no era raro, lo raro era que él no lo estaba causando. Cuando fue a echar un vistazo, se topó con un Odiseo muy ebrio alardeando sobre ser capaz de hacer un split completo, claro que cuando intentó mostrarlo terminó con un gran dolor en la entrepierna, sin embargo Klaas lo etiquetó como hilarante y un tanto encantador, al menos lo suficiente como para llamar a sus compañeros de casa y presentarles a su nuevo descubrimiento.
Annelijn argumentó estar demasiado cansada y tener mejores cosas que hacer que ver a un desconocido romperse el cuello a mitad de un intento para hacer maromas. Lamentablemente, sus otros dos compañeros, Daaf y Fabián no se pudieron salvar. La tarde continuó con otras hazañas parecidas, como una caza de vampiros, intentar hacer su propia cerveza, una interpretación con un solo actor de Romeo y Julieta, crear un nuevo instrumento musical y, su acto final, una presentación con baile de la canción “Wannabe” de las Spice Girls, afortunadamente, su cuerpo ya había tenido demasiado ese día, por lo que a mitad de su baile colapsó, desafortunadamente, esto había pasado mientras estaba cantando sobre una mesa y su pista de aterrizaje fue el duro y sucio suelo, se había quedado tan inmóvil que los demás se empezaron a preocupar.
-Pero sigues vivo, genial ¿no?- dijo Klaas, entusiasmado.
-Claro, estar vivo es mi pasatiempo favorito.
-¿Y cómo te sientes respecto a pagar?- el cantinero le pasó la cuenta con el total que debía.
-Qu…pero…yo…no…- tartamudeó nervioso, era una cantidad enorme y había olvidado cambiar sus pesos a euros en el aeropuerto, hubiera estado perdido si los tres extranjeros no se hubieran apiadado de él de nuevo.
-¿En serio, Matheu? ¿Le vas a cobrar por casi romperse el cráneo en tu bar?- salió Fabián en su defensa.
-Oye no es mi culpa que decidiera complacer con bebidas gratis a cualquiera que caminara por la acera.
-De acuerdo, si el dinero es el problema- sacó su billetera y pagó por los actos des- mesurados de Odiseo, lo cual lo dejó boquiabierto- Vamos, te ves peor que un artista después de rehabilitación, necesitas un lugar donde descansar.
Odiseo dudó si aceptar su ayuda o no, por un lado era un completo desconocido que había conocido en un bar, sin embargo no podía ignorar el hecho de que era la segunda vez que lo ayudaba en un día y justo ahora no estaba en condición de rechazar amigos. Además, Fabián tenía unos ojos confiables que le resultaban calmantes.
“Sus ojos. Vas a poner tu vida en sus manos por sus ojos” “Claro, ¿por qué no?”
Odiseo siguió a Fabián y a los otros fuera del bar y al salir se dio cuenta de que la noche ya había caído, también notó que el cielo nocturno, como muchas cosas, eran muy diferentes en Ámsterdam, la noche se sentía más obscura pero eso resaltaba aún más los pequeños brillos, era una vista espléndida.
-¿Vienes?- escuchó que lo llamaban sus compañeros.
-Sí, esperen- tuvo que trotar un poco para alcanzarlos.
-Por el modo en el que miras todo como si estuviera hecho de oro supongo que no eres de aquí- lo interrogó Klaas con una ceja alzada.
-Tienes razón en eso, vengo de México.
-¿México? ¿Y por qué estás tan lejos de tu casa? ¿Huyes de alguien o qué?- le preguntó Daaf.
-¡Claro que no! ¿No lo escuchaste? Es mexicanense…
-De hecho se dice…
-Fiesta, sombrero y tequila, ¿no es así, vriend?- exclamó Klaas mientras lo abraza- ba. Odiseo rio por lo bajo, sabía que normalmente los estereotipos eran exagera- dos, pero en su caso no podía estar más equivocado. Si estas personas creían que todos los mexicanos eran alegres, fiesteros y ruidosos se iban a llevar una gran decepción con él. Caminaron un poco más hasta llegar al apartamento, durante su trayecto Odiseo descubrió más cosas sobre sus acogedores. La casa a la que se dirigían le pertenecía a Klaas y a su hermana, Annelijn. Habían estado viviendo solos ahí por un tiempo, hasta que un día el hermano mayor se apareció con Fabián en la puerta. Claro que su hermana se había puesto histérica por el invitado inesperado.
-¡No puedes invitar a un extraño a la casa! ¿Qué sabes de él?
-Es español.
-¿Y?
-Pues los españoles son buena onda, ¿no?
Si Fabián no hubiera resultado ser una gran ayuda con la limpieza y la renta del apartamento Annelijn lo hubiera sacado a patadas de su hogar junto con su hermano. Para desgracia de su hermana, Klaas era un fanático de la gente, lo que significaba que cualquier persona remotamente interesante era bienvenido a quedarse con ellos tanto como quisiera, o al menos hasta que Annelijn llegara del trabajo. Eran pocos los compañeros a los que decidía conservar, un buen ejemplo: Daaf. Su hermano aseguraba que solo había tres razones por las cual aún no lo había echado: 1) Era el único que era capaz de preparar café. 2) Sus historias eran interesantes. 3) Daaf era mochilero, así que de todos modos no se quedaría mucho tiempo.
-¿Y qué crees que piense de mí?
-No te preocupes, acaba de llegar de un gran viaje, de seguro está durmiendo ahora mismo y mañana, cuando se despierte, le daremos la noticia suavemente para que no la sorprendas y no te saque a palazos.
Cuando finalmente llegaron a su casa, Odiseo ni siquiera se detuvo a examinar lo que lo rodeaba, simplemente buscó el sillón más cercano y cayó rendido en él. Al instante en que su cabeza tocó el cojín los sueños lo absorbieron. Por primera vez en mucho tiempo, Odiseo durmió plácidamente, se sentía bien no tener esa pequeña y molesta voz al fondo de su mente recordándole todas sus preocupaciones y responsabilidades, disfrutó de ese sueño tan reconfortante todo lo que pudo, hasta que un grito agudo perforó intensamente sus oídos y una dura superficie lo golpeó en la cara.
-¡¿Wat doe je hier?! ¡¿Je mij volgen?! ¡Je bent gek, buiten mijn huis!
-¡Au! No, espera, puedo explicar- cuando terminó de despertar vio que la fuente de esos gritos incomprensibles venían de lo que parecía una chica holandesa y los golpes eran causados por un bolso estrellándose contra su cara.
-¡No, no, no, Annelijn, espera!- llegó Klaas a rescatarlo, tomó a su hermana por la cintura y trató de alejarla de Odiseo- Está bien, está bien, yo lo invité.
-¿Qué? Klaas, no puedes seguir invitando gente a la casa como si nada, ¿sabes quién es él?
-Claro que lo sé, su nombre es Odiseo y…
-Él es el demente del aeropuerto del que te hable- y entonces lo recordó, Annelijn era la chica del avión, la chica que le dirigía una mirada divertida y curiosa.
“Vaya, tenía razón, sí que me vio como un demente.”
Estaba avergonzado, y que Klaas estallara en escandalosas carcajadas no ayudó a que recuperara su dignidad.
-¿Tú eres la reina del drama que armó todo un espectáculo por tenerle miedo a las alturas? Bueno, no me sorprende, justo ayer mi amigo nos deleitó con una interpretación de…
-¡Klaas!- lo interrumpió, ya se había puesto en demasiado ridículo frente a esta chica, y sospechaba que nada de lo que Klaas dijera lo ayudara a que Annelijn lo dejara quedarse.
-¡Buenos días!- Fabián entró a la habitación- Oh, Annelijn, veo que ya conociste a Odi, entonces, ¿qué dices? ¿Se puede…
-No lo sé, no puedo tomar decisiones bajo estas circunstancias, necesito un cigarrillo y él necesita una ducha, después hablaremos- tomó un paquete de cigarros y salió al balcón.
Mientras Annelijn trataba de calmar sus nervios, Fabián le mostró a Odiseo donde estaba el baño y le prestó algo de ropa limpia. Ahora que tenía la mente despejada podía admirar con precisión el apartamento, no era muy grande, parecía algo chico para que vivieran cuatro personas en él, no se diga cinco. Pero a pesar del tamaño, lucía estupendo, había fotos de lugares que no conocía y pequeños suvenires por todas partes, era como si muchas culturas se hubieran amontonado en ese pequeño espacio.
Después de unos quince minutos salió de bañarse, cuando salió se encontró con Daaf, Fabián y Klaas en un intento de persuadir a Annelijn para que lo dejara quedarse.
-Por favor, es un buen sujeto.
-Es un loco.
-Dice la chica que soñaba con tatuarse un unicornio en el ombligo- Daaf recibió un codazo en el estómago por esto.
-Piénsalo, Anne, es el destino, tomaron el mismo vuelo, fue a parar a mi bar y llega justo un día antes de que Daaf se vaya, es perfecto.
-Lo dejaría quedarse si alguno me diera buenos argumentos, pero solo están diciendo tonterías, denme una razón válida y lo dejare quedarse.
-Soy limpio, callado y sé hacer café.- Debatió Odiseo.
Annelijn se quedó pensativa, analizando la situación. Al cabo de unos minutos respondió:
-Mientras no termine como el canadiense ebrio que intentó hacer una pista de hockey aquí, estamos bien- todos celebraron la aprobación de la chica con gritos y saltos-. Ahora, ¿por qué no ponemos a prueba tus presuntas habilidades con el café?
-Encantado- Odiseo se dirigió a la minúscula cocina y se esforzó en preparar el mejor café del mundo.- También puedo cocinar huevos si les apetece.
-¿Ahora?- Annelijn le lanzó una mirada con más intriga que la que le había regalado en el avión.
-Pues claro.
-Estamos a media mañana- argumentaron los dos al mismo tiempo mientras los demás observaban entretenidos.
-Les dije que sería interesante- Klaas volvió a presumir su descubrimiento.
Esa mañana Odiseo descubrió que en Ámsterdam los desayunos eran “ligeros”, aunque él los etiquetaba más como “insuficientes”, de ahora en adelante se tendría que conformar con una simple tostada con algo de mermelada.
-No había tenido un desayuno tan pobre desde que era estudiante y tenía que sobrevivir con cien pesos a la semana.
-Deja de quejarte- le advirtió Annelijn.
-Entonces, ¿a dónde te diriges, Daaf?- preguntó Fabián con la esperanza de distraer a la chica y al recién llegado.
-No estoy seguro, tal vez a Nueva Zelanda.
-¡Genial!- exclamó Klaas- ¿Me traes un canguro?
-Klaas, no es como si vas caminando hacia el mercado y te encuentras a una familia de canguros.
-Voy a extrañarte- admitió Annelijn-. No te vayas a olvidar de nosotros.
-Por supuesto que no- el ambiente se llenó de una nostalgia palpable, incluso Odiseo, que apenas conocía a Daaf, deseaba que se quedara unos días más.
-Hay que hacerte una fiesta de despedida- dijo Klaas rompiendo la atmósfera. Inmediatamente su hermana empezó a protestar mas, para su desgracia, los chicos le ganaron en números. Klaas comenzó a llamar a sus conocidos, Daaf y Fabián fueron a conseguir comida y a Odiseo y Annelijn les fue asignada la tarea de asear el apartamento. Durante todo ese tiempo no se dirigieron la palabra, lo cual lo deprimió un poco, le habían advertido que su compañera podría ser distante pero no se esperaba que fuera tan fría.
Finalmente, la fiesta llegó y junto con ella una cantidad enorme de personas. Odiseo no se sorprendió por aquello, suponía que algo así se avecinaría cuando pusieron a Klaas a cargo de las invitaciones, lo sorprendente era que toda esa gente cupiera en el pequeño apartamento. Al tiempo al que Odiseo intentaba abrirse paso entre los invitados se dio cuenta de algo: no importaba si estaba en México, Ámsterdam o Tokio, nunca estaría a gusto entre tantas personas gritonas.
Después de varios empujones, pisotones y cervezas derramadas sobre su camisa, logró llegar al balcón respirando agitadamente y justo cuando iba a sacar un cigarro de su bolsillo oyó un bufido. Levantó la mirada para encontrase con Annelijn sentada en el piso fumando y observándolo con desdén.
-Hola, ¿qué haces aquí?- intentó ser amable mientras tomaba asiento frente a ella.
-La gente me irrita- respondió mientras le lanzaba su humo a la cara.
-Es bueno saber que no soy el único con ese talento- los ojos de Annelijn se endurecieron aún más.
-¿Qué haces aquí?- Odiseo sabía que no se refería en el balcón, sino en Ámsterdam, invadiendo su casa y su presencia. No tenía idea de cómo responder a eso, así que decidió apostarle a la verdad.
-Tengo una enfermedad que me mata un poco cada día, dentro de unos meses me verás decaído, pálido, cada vez más débil y con menos ganas de moverme. Me di cuenta de que hasta este punto no he hecho nada que valiera la pena recordar, por lo tanto tomé el primer avión a la ciudad más… ¿cómo decirlo?…liberal que existe para volverme la versión más…liberal de mí mismo. Claro que, en ese momento no me di cuenta de que acabaría viviendo con una pequeña y mandona gremlin que parece tenerles más cariño a las ratas que a mí.
Se quedaron en silencio por un momento, sin moverse y mirándose fijamente a los ojos, cuando la cara de Annelijn empezó a moverse de un modo extraño, como si un hilo estuviera jalando los lados de su boca y estuviera haciendo un gran esfuerzo por mantener los ojos bien abiertos.
“Oh Dios, no va a llorar, ¿o sí?”
Pero Annelijn hizo todo lo contrario a lo que pensaba Odiseo, de hecho hizo lo que menos se esperaba y no creía ver en un millón de años: Annelijn rio. Una risa fuerte y escandalosa que no se podía contener. El alivio de que su compañera hubiera tomado su confesión como un chiste fue embriagador y combinado con la impresión de ver a Annelijn riéndose con todas sus fuerzas hicieron que él empezara a reír junto a la chica.
-Me ganaste con lo de “pequeña y mandona gremlin”-dijo Annelijn una vez que los dos se habían calmado.
Los dos volvieron a verse a los ojos, pero esta vez observaron a diferentes personas. Odiseo se dio cuenta de que no importaba que tanto intentara ocultarlo, Annelijn seguía compartiendo ese brillo de curiosidad infantil en los ojos con su hermano.
Ella le tendió el cigarro y él le dio una calada para después lanzarle el humo a la cara como ella había hecho previamente, lo miró con una mezcla entre enfado y diversión. Y empezaron a hablar, no solo a discutir ni a lanzar órdenes, simplemente a hablar.
Y así fue cómo Annelijn dejó de ser “la chica de las carcajadas en el avión” o “la gremlin mandona con la que compartía apartamento” y se convirtió en su amiga.
Odiseo sonrió ante el recuerdo de su primer día en Ámsterdam. Cerró sus ojos con fuerza como si al imaginarlo con tanta intensidad pudiera transportarse ahí de nuevo, pero no hubo suerte, seguía en la triste habitación 308 de hospital intentando entender lo que su hermano le decía, sin embargo no importaba cuánto se concentrará no captaba nada de lo que salía de la boca de Jason. Puede que su cuerpo estuviera de vuelta en México, pero su mente y su corazón se habían quedado en Ámsterdam.
Después de unos minutos se dio por vencido en la tarea de entablar conversación con su hermano, de todos modos no quería oírlo y  no quería explicar la razón de su fuga. En vez de eso, se volvió a sumergir en sus recuerdos sobre su primera noche en Ámsterdam y en cómo había sido tan diferente a la última.
En su primera noche hubo ruido, escándalo, alegría y en la última tristeza, dolor y un inminente silencio. Pero he aquí la ironía, las razones por la cual estas noches habían resultado del modo en el que había resultado era una misma: Daaf.
En la primera todos tenían grandes deseos para Daaf, le deseaban la mejor de las suertes, muchas aventuras y se alegraban de que su amigo se abarcara a un nuevo mundo, sentían nostalgia, es cierto, pero también es cierto que tenían la esperanza de verlo de nuevo.
En la última, sabían que esto no era posible, sabían que no había modo de que Daaf regresara, se había ido para siempre, a esa extraña tierra de la los viajeros nunca regresan. Tras la ceremonia todos volvieron al apartamento y se sentaron formando un círculo en los sillones. Nadie hablaba, todos estaban atrapados en sus propios recuerdos, en su tristeza y en sus crueles pensamientos. Annelijn estaba sentada junto a él, lo sabía, sabía que intentaba ocultar el temblor de su mano aferrándose a la de él, sabía que su cabeza estaba recargada en su pecho y que las lágrimas caían en su suéter, aunque no estaba seguro a quién le pertenecían. Sabía en dónde estaba y qué día era, pero no se sentía ahí, lo único que sentía era la ausencia de Daaf, no la ausencia que había dejado al irse a Nueva Zelanda, ésta era peor, ésta no la había sentido nunca. Cuando Daaf se fue había dejado atrás una pequeña parte de él mismo. A veces los demás encontraban uno de sus calcetines sucios, o alquilaban una película y sabían que le habría gustado y siempre se sentía esa pequeña esperanza de que Daaf llamara y les contara otra historia sobre su nuevo viaje, a pesar de que había marcado hace solo unos días.
Todo eso se había acabado, no volvería a pasar. El penetrante silencio fue interrumpido por el teléfono, los dolientes voltearon su mirada, más nadie se molestó en contestar, cada uno había tenido que aguantar por lo menos a veinte personas dándoles sus condolencias del modo más condescendiente y patético que era posible. No importaba lo que la gente pensara, no estaban haciendo su pérdida más fácil.
Finalmente la persona en la otra línea se cansó de esperar y colgó. Todos regresaron la mirada al vacío, menos Odiseo, su vista se quedó atorada en el adorno de espantapájaros que habían colocado en la cocina. Era una simple figura de cerámica de un espantapájaros con camisa y sombrero, pero era más que eso, ese adorno representaba la última vez que se habían encontrado con Daaf, el último contacto que alguno tuvo con él.
Mientras contemplaba al feo espantapájaros y viajaba de vuelta al pasado su boca formó la más diminuta sonrisa alguna vez hecha. Recordaba ese día con dolorosa claridad, su mañana dio comienzo con algo con lo que se había tenido que acostumbrar desde su llegada a Ámsterdam: los agudos gritos de Annelijn. Se desperezó en un instante y salió corriendo a la sala. Sí Klaas había ignorado sus advertencias sobre traer a ese ruso malabarista a la casa todos estarían en un gran aprieto. Entró a la habitación temiendo lo peor, no obstante, la imagen que presenciaba no era la que había creado en su mente. Annelijn no estaba dándole una paliza a nadie, ni siquiera se veía enojada, solo estaba hablando por teléfono con la sonrisa más grande que alguna vez haya visto.
-¡Okay, sí, sí, sí, te entiendo! ¡No puedo creer que esto esté pasando! ¡Daaf si esto es una broma, te lo juro, te perseguiré a ti y a toda tu familia! ¿Okay? Sí, nos vemos ahí-  Annelijn colgó el teléfono
-Eh… ¿buenos días?- Odiseo intentó hacerle notar que estaba en la habitación, pero su amiga no respondió su saludo, al menos no de un modo normal, en vez de simplemente decir “hola” se giró hacia él, dio otro gritito agudo y se lanzó a sus brazos.
Otra cosa que Odiseo había aprendido durante su estancia en Ámsterdam era que los europeos no eran tan cálidos o afectuosos como los mexicanos, se hubiera desconcertado si Klaas o Fabián actuaran así, claro, sin embargo ésta era Annelijn, lo que hacía su gesto unas sesenta veces más raro.
-¡Hey! Hermano presente, al menos intenten disimular, muchachos- Klaas irrumpió en la habitación junto con Fabián. Odiseo no pudo evitar sonrojarse por el comentario, aunque a Annelijn le pasó desapercibido.
-¡Acabo de recibir las mejores noticias del mundo!
Sus compañeros se quedaron intrigados con tal declaración, por lo que la regocijada muchacha prosiguió a explicar la razón de su dicha. Resulta que minutos antes del pequeño espectáculo Daaf había llamado, al principio Annelijn estaba enfadada por la poca consideración de su amigo al marcar a las seis cuarenta y cinco de la mañana un domingo, pero poco a poco su enojo se desvaneció al oír que su amigo le había conseguido lo que la había evadido durante muchos años: boletos a un concierto de su cantante francesa favorita, su nombre artístico era “Zazie”, no obstante Annelijn prefería llamarla “la mejor y más grande mujer que alguna vez ha pisado la Tierra”.
-No sé cómo y no estoy segura de querer saber, el punto es que Daaf consiguió cinco entradas en un puesto espectacular para su concierto.
-No sabía que iba a venir a Ámsterdam- puntualizó Fabián.
-Sí, bueno, no va a venir, nosotros iremos a París, ¿okay? Okay, todos a empacar- Annelijn caminó a su habitación hasta que Fabián la detuvo.
-Oye alto ahí, no podemos simplemente dejar la casa y largarnos a París.
-¿Por qué no? Mira, solo serán dos días y he esperado por eso toda mi vida, en comparación no es nada.
-Yo estoy con mi, zuster. Será divertido y podremos ver de nuevo a Daaf- intervino Klaas.
A continuación todos compartieron a gritos sus diferentes argumentos y posturas, la tensión iba creciendo y el entendimiento disminuía, hasta que Fabián los hizo callar.
-¡De acuerdo, paren, paren!- llamó la atención de todos- ¿Ustedes piensan que deberíamos ir a París?- los hermanos asintieron con furor- Yo pienso que ustedes están dementes.
-Yi piensi qui estin dimintis- se burló Klaas por lo bajo haciendo reír a su hermana.
-Creo que todos sabemos quién tiene el voto decisivo- todos voltearon a ver a Odiseo.
Él lo meditó durante un minuto, nunca había sido de los que le gustan las grandes multitudes y nunca había oído hablar de la tal “Zizi” o cómo se llamara, ni siquiera sabía francés, todo ese viaje no valdría la pena. Tomó su decisión, por más que le rompiera el corazón a los dos hermanos, no podían ir a París. Justo cuando alzó la vista para dar su veredicto, sus ojos se toparon con los de Annelijn, sintió el modo en el que se comunicaba con él a través de sus miradas.
“Bueno, pensemos esto bien, ¿ir a París sería lo peor del mundo? ¿Qué pasó con eso de ser aventurero y espontáneo?”
Al final no supo si fue el juramento que se hizo antes de dejar México o algo más, lo siguiente que escucho fueron las palabras brotaron de su boca sin que él tuviera ningún control sobre ello.
-Vamos a París.
Klaas dio un gritó de triunfo y le restregó su victoria a Fabián en la cara, Annelijn se lanzó de nuevo a los brazos de Odiseo, era la segunda vez que lo abrazaba en un día, que eran dos veces más de lo que lo había hecho durante toda su estadía en su casa. Se sentía confundido, pero era una linda confusión. Su placer debió reflejarse en su cara ya que Fabián se le quedó mirando de  una manera sospechosa, Odiseo deshizo el abrazo rápidamente y todos fueron a hacer sus maletas.
Alguien que no conociera a Annelijn pensaría que una vez en el tren su ánimo disminuiría, ese alguien estaría equivocado, en todos caso su emoción solo se hizo más grande, Klaas no ayudaba a tranquilizar el ambiente poniendo raps holandeses y haciendo bailes “exóticos”, Fabián no dejaba de quejarse sobre cómo se había dejado arrastrar a esto, no obstante sus ojos y sonrisa delataban el hecho de que se estaba divirtiendo. Odiseo, como era común, era el más callado, solo observando y dando uno que otro comentario sarcástico, la mayor parte del tiempo se la pasó mirando por la ventana, era un lindo paisaje, no se comparaba al que había tenido durante su único viaje en avión pero no estaba mal. No compartía la emoción de Annelijn o Klaas sobre el concierto o sobre Francia, no parecía su clase de lugar, siempre le habían interesado lugares más históricos como Alemania o Rusia, claro que antes tampoco se imaginaba anhelando ir a un lugar como Ámsterdam pero la verdad era que ese pequeño apartamento en esa extraña ciudad de había convertido en su hogar. Quién sabe, tal vez lograra enamorarse de ese lugar de tal modo como se había enamorado de Ámsterdam.
Trasladarse a París no tardó tanto, unas cinco horas, sin embargo encontrar a Daaf tomó más tiempo del que se habían imaginado. Tenían el acuerdo de verse en un pequeño café a las a fueras de la estación de tren, pero no había señales de su amigo. Fabián, Annelijn y Odiseo coincidieron en que lo mejor sería esperar a que apareciera, deplorablemente, Klaas se impacientó y siguió su propio plan que consistía en alejarse corriendo mientras gritaba el nombre de Daaf. Sus compañeros y hermana fueron tras él, no obstante para cuando lo alcanzaron se habían distanciado demasiado del café y ninguno se había fijada por donde iban por miedo a perder de vista a Klaas. Intentaron hablar con los ciudadanos para conseguir direcciones mas éstos se ofendían por la pobre pronunciación de su francés, les escupían palabras que incluso Odiseo sabía que no eran muy amables y seguían su camino enojados.
Al final, no consiguieron encontrar a Daaf, él los encontró a ellos, lo cual fue un alivio, todos estaban cansados de los franceses petulantes. Daaf los guio hasta la habitación de hotel en la que se hospedaba y los amigos empezaron a ponerse al corriente con los eventos que habían ocurrido estos últimos meses.
-¡¿Te lanzaste desde un edificio?!- Annelijn gritó escandalizada a Daaf.
-¿Cuál es el problema contigo?- lo interrogó Fabián.
-¡No reaccionen así! Es totalmente seguro- se defendió Daaf.
-Lo único seguro aquí es que estás zafado- dijo Klaas pero de todos modos le dio unas palmadas en la espalda como felicitándolo.
-¿Qué no te da miedo morir?- le preguntó Odiseo.
-No si es a mi manera- respondió Daaf guiñando el ojo.
La conversación siguió, mas las palabras de Daaf se quedaron en la mente de Odiseo. Morir a su propia manera. Se le estaba acabando el tiempo, lo sabía, cada vez se le veía más débil y pálido, menos entusiasta ante los planes de sus amigos. Por eso no estaba del todo contento con el viaje a París, solo quería quedarse en su cama y descansar. Recordó cómo se había puesto muy grave hace unas dos semanas, todos se habían preocupado demasiado, incluso habían estado planeando llevarlo al hospital, obviamente Odiseo se negó, sabía a lo que esto conllevaría, así que solo tomó unos medicamentos y los síntomas desaparecieron, por desgracia no completamente, aún sentía dolor en los huesos y articulaciones aunque al parecer era bueno disimulándolo. Después de haber recibido su diagnóstico solo se preocupó sobre cómo iba a vivir el tiempo que le quedaba, no se detuvo a pensar cómo iba a morir. En ese tiempo no se le hubiera pasado por la cabeza que se encontraría compartiendo hogar con otras tres personas que se habían convertido en una familia para él. ¿Debería decirles lo que le estaba ocurriendo? Se reprendió por no haber pensado en esto más a fondo. Tal vez simplemente desaparecería. Un día, todos se irían a dormir y cuando despertaran él ya se habría ido. Dejaría una nota explicándoles todo, así se ahorraría una larga y dolorosa confrontación. Sí, estaba decidido, así moriría, así desaparecería de sus vidas. Había llegado sin aviso y de igual modo se iría.
Al día siguiente su decisión lo había cambiado todo, veía a sus compañeros de manera distinta. Era como si fueran más. Klaas era más divertido y espontáneo. Fabián más inteligente y sereno. Daaf más aventurado y misterioso. Y Annelijn se veía cien veces más hermosa de lo que jamás se había visto. Aunque es posible que fuera la nostalgia de Odiseo combinada con la gran sonrisa en el rostro de Annelijn.
Al parecer, la tan famosa “Zeze” o como fuera, era algo especial. El estadio donde se presentaría era enorme, no obstante no tardó en llenarse de personas esperando con ansias ver a la artista. Sus asientos no estaban en primera fila, aunque estaban lo suficientemente cerca para ver con claridad a la cantante en vez de a un punto que se movía de un lado al otro.
Una vez iniciado el concierto, la cantante salió y un ruido agudo y potente perforó los oídos de Odiseo, sin embargo no eran los gritos unidos de muchos fanáticos, era una sola persona, Annelijn que estaba a su lado gritaba con toda la intensidad y pasión que tenía dentro. Mientras el concierto continuaba. Odiseo no podía evitar sentirse fuera de lugar, no entendía ni una palabra de lo que la gente decía, ni por qué se sentían tan emocionados por los extraños ruidos nasales que salían de la boca de la mujer. Se le ocurrió la idea de irse de vuelta al hotel pero eliminó ese pensamiento de inmediato. Había pasado por mucho, por lo menos intentaría pasársela bien. Se unió a los gritos con el poco francés que sabía.
-¡Bonjour bonjour, bonsoir, croissant!- intentó cantar al ritmo, sus compañeros estallaron en carcajadas y Annelijn se le quedó viendo- ¡Je m’apelle Odiseo, au revoir, Tour Eiffel, Tour Eiffel!- se encontró con la mirada de Annelijn y por un segundo temió que lo golpeara en la cara por faltarle el respeto a su heroína, en su lugar estalló en carcajadas junto con los demás. Odiseo se sintió satisfecho consigo mismo, se sentía así cada que lograba que Annelijn lanzara una risa así, era rara y escandalosa sin embargo él se deleitaba de oírla. Era como cuando pasa una canción mala en la radio pero no podías evitar cantarla. Era su placer culpable.
El resto del concierto no estuvo mal, Odiiseo se había unido a la multitud gritando y bailando y por primera vez no le molestó el ruido o todo el movimiento, fue como si se fundiera con los demás, como si todos en ese lugar compartieran una misma energía. Definitivamente el viaje había valido la pena. Y éste no había terminado, después del concierto Klaas dio la idea de ir a una pequeña feria llamada La Marché de Noêl, todos accedieron, demasiado excitados por el concierto como para querer descansar. Era como estar en un pueblo de cuento de hadas, había pequeños puestos que parecían estar hechos de jengibre y las luces de alrededor le daban un toque mágico. El grupo se acercó a un establecimiento donde vendían pequeñas figuras de cerámica. Klaas tomó una de espantapájaros entre sus manos y se la enseñó al resto.
-Miren esto, es idéntico a Daaf- se mofó de su amigo.
-¿Sabes qué? Tienes razón-  coincidió Daaf, pero un segundo después le arrebató a Klaas su billetera y le dio el dinero a la mujer que atendía el puesto- Quédese con el cambio.
-¡Oye no es justo!- se quejó Klaas
-La vida no es justa, amigo mío.
-Ay, ahora que voy a hacer con esto.
-Se verá lindo en la cocina- lo consoló su hermana.
Siguieron explorando esa cautivadora tradición francesa, cuando de un momento a otro, Annelijn y Odiseo se quedaron solos. Ella bailaba y reía con un algodón de azúcar rosa en la mano mientras Odiseo solo la contemplaba y reía junto a su amiga.
-De acuerdo, suficiente azúcar- intentó quitarle su algodón de la mano, pero Annelijn no se lo permitió, forcejaron por unos segundos y de repente Annelijn lo dejó ir y se quedó mirando al espacio. Odiseo siguió el objeto de su atención y se quedó maravillado con la hermosa vista que tenía en frente. La noche era terriblemente oscura, más las luces de las estrellas y los adornos hacían que se viera lindo y pacífico, y como si esto no fuera suficiente, la Torre Eiffel se veía a lo lejos iluminada y unos fuegos artificiales iluminaban el cielo nocturno, era como una sinfonía de luces. El viaje sí que había valido la pena. Volteó a ver a Annelijn, estaba completamente embobada por el paisaje, se veía tranquila y en paz, pero más que nada hermosa.
-Annelijn- Odiseo la llamó y ella volteó con la mirada distraída, la tomó por el rostro y sin aviso le estampó un beso. Sus labios eran suaves y fríos, sabían a todos esos dulces que había probado durante el transcurso de la noche. Se separó durante un momento y ella preguntó:
-¿Por qué?
-Sería una pena que no pasara, ¿no crees?- ella se le quedó viendo, como meditándolo, después de unos segundos le enrolló los brazos por el cuello y le plantó otro beso.
El viaje definitivamente había valido la pena.
Odiseo se quedó viendo a ese espantapájaros dador de recuerdos más tiempo, luego vio a Annelijn, normalmente siempre estaba activa, planeando algo, intentando hacer que todos se movieran, y ahora solo estaba sentada acurrucada con él, sin mover una pestaña. Entonces Odiseo oyó un sonido, una melodía desentonada, se dio cuenta de que tal melodía provenía de Klaas. Conocía a su amigo, era capaz de cosas muy inapropiadas, como eructar en la iglesia o decir chistes sucios frente a niños, o incluso invitarlo a un strip club en frente de Annelijn, pero esto le parecía demasiado, ponerse a cantar mientras los demás peleaban con su duelo. Estaba a punto de reprenderlo por su actitud, cuando reconoció la melodía. Era “Little Talks” de un grupo llamado Of Monsters and Men, era la melodía de Daaf, la cantaba todo el tiempo, en la ducha, mientras cocinaba, mientras caminaban o cuando no estaba haciendo nada en particular. Los demás también notaron la melodía y poco a poco todos empezaron a cantarla, al principio muy suavemente, apenas parecía un susurro, pero tras unos segundos fue adquiriendo fuerza, comenzaron a aplaudir y silbar al ritmo de la canción y de repente ya no estaban tan tristes. Todavía había lágrimas en sus ojos claro, aunque ahora estaban acompañadas de sonrisas Se pararon y bailaron, los recuerdos de Daaf volvían a tener color y vida, tal y como debería ser.
Odiseo le agradeció en su mente a Klaas, era un chico bruto e impertinente, y eso lo hacía tan especial ¿qué sería de todos ellos sin su brutees y sus impertinencias?
Odiseo volvió a su triste realidad en el Hospital General Gregorio Salas,  abrió la mano y miró fijamente al espantapájaros que se había llevado del apartamento, esperaba que no les importara a sus amigos. Recordó con dureza cómo se había despedido de sus amigos aquella última noche, no podía creer que lo estuviera abandonando un día después del funeral de Daaf, había retrasado su partida todo lo posible y estas eran las consecuencias. Se había sentado en la mesa de la cocina a escribir una nota. Como había planeado, mas no encontraba las palabras. Así que sacó sus estudios que tan bien había escondido en su mochila y los puso a plena vista. Por su mente pasaron todas las veces que sus amigos le preguntaron el porqué de su viaje, él siempre evadía la respuesta o les decía la verdad en un tono irónico  para que lo tomaran como broma. Al final todo sale a la luz y Odiseo sabía que no podía hacer nada para cambiar eso. Tomó una pluma y escribió tres simples frases en una servilleta, tres simples frases y unos estudios para despedirse de las personas que más quería en el mundo.
“Esta es la razón.
Lo siento.
Los amo.
-Odiseo”
Podía oír a la máquina que contaba sus latidos, podía oír cómo se paraba su corazón, podía sentir cómo se le escapaba la vida. Se había preparado para este momento, se había preparado para yacer tranquilamente como si no le importara, rodeado de amigos, familia y uno que otro curioso, todos esperando que la vida abandonara sus ojos, y se dio cuenta de que ni aunque se hubiera estado preparando toda su vida iba a estar listo para lo que seguía. Dicen que cuando mueres ves pasar toda tu vida frente a tus ojos, es mentira, solo ves las partes que amaste. Por eso Odiseo se vio jugando en el patio con su hermano cuando aún eran unidos, se vio escuchando una canción de cuna de su madre, se vio probándose uno de los trajes de su padre que le quedaban enormes, se vio intentando enseñarle a Klaas cómo preparar café, se vio reflexionando con Fabián sobre la vida, se vio video chateando con Daaf mientras él le presentaba a sus nuevos amigos australianos, se vio en París besando a Annelijn. Fue extraño, creía que en ese momento recordaría sus grandes aventuras, los viajes improvisados y las emocionantes expediciones y ahí estaba él anhelando estar de nuevo en el suave sillón de Ámsterdam simplemente tomando café y escuchando las ridículas ideas de Klaas.
Se había hecho una promesa hace siete meses: no más arrepentimientos, y hasta ahora le había funcionado bien, sin embargo así no funciona la vida. Antes de dejar este mundo, Odiseo tuvo un arrepentimiento más: no haber aprovechado la oportunidad de despedirse cara a cara con sus amigos. Había muchas otras almas, como Daaf, que no habían tenido ese privilegio y él lo había desperdiciado.
Odiseo se llevó este desgarrador arrepentimiento a la tumba, al igual que Annelijn, Klaas y Fabián se llevarían el arrepentimiento de no haber llegado 6 minutos antes a la habitación 308 del Hospital General Gregorio Salas.

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